Sandra Aza: «El arte de la prosa radica en pintar con letras»

Fotografía: perfil de Sandra Aza en Twitter.

Sandra Aza, abogada durante años de un prestigioso bufete, lo dejó todo un día para ponerse escribir y con Libelo de sangre, novela histórica con trazas de negra, ha firmado un debut de éxito. En esta extensa entrevista, nos cuenta como casi otra novela muchas cosas sobre autores y libros favoritos, influencias y proyectos, y su visión del panorama editorial y social. Le agradezco muchísimo el tiempo y amabilidad que ha dedicado.

SANDRA AZA — ENTREVISTA

  • ACTUALIDAD LITERATURA: ¿Recuerdas el primer libro que leíste? ¿Y la primera historia que escribiste?

SANDRA AZA: No me acuerdo del primer libro que leí y se me escapa el motivo. Quizá no halló arraigo en mí o quizá la cuestión no estriba en las raíces, sino en el tronco, pues me temo que demasiados otoños amarillean ya este árbol y el olvido empieza a requisar la savia de mis remembranzas.

Sí me recuerdo, sin embargo, devota de la obra de Enid Blyton: los Cinco, Torres de Malory, Santa Clara, La traviesa Elizabeth o Los Siete Secretos. También me gustaba Puck, de Lisbeth Werner, y aquella edición mitad libro mitad cómic de Bruguera: Colección Historias Selección. Todos los devoraba y nunca quedaba ahíta. En Reyes o cumpleaños solo pedía libros y cada mañana de sábado buscaba a alguien que me llevara a la calle Claudio de Moyano, más conocida en Madrid como Cuesta de Moyano y famosa por sus casetas de libros en venta.

La tediosa tarea sabatina de deambular a mi vera entre los puestos mientras yo hurgaba en los cajones intentando elegir ese único libro que mi mayor estaba dispuesto a comprarme solía recaer en mi padre y, durante un tiempo, en mi querido primo Manolo, que, oriundo de Murcia, hacía la mili en la capital. Los fines de semana que no le encomendaban cuartel pernoctaba en casa y, en lugar de dedicar su asueto a componendas de seguro más estimulantes, lo consagraba a los anhelos lectores de su prima pequeña. Acaso el primer libro que leí no haya dejado huella en mi memoria, pero sí lo hicieron aquellos felices paseos literarios que me regalaron mi padre y el primo Manolo.

En cuanto a mis primeras letras, las recuerdo bien. Era un cuento titulado El puente de los cielos y giraba en torno a una niña que vivía en una granja sita en un paraje remoto y aislado. En no permitiéndole amigos humanos tan retirada ubicación, los buscaba en el reino animal y les imponía nombres en cuyo pergeñado no invertía excesiva imaginación. A su mejor amigo lo llamó Caballo y no ha menester exprimir el magín para adivinar de qué animal se trataba.

Un día Caballo murió. Rota de pena, la niña preguntó a su padre si los animales iban al mismo cielo que los humanos y, cuando el padre lo negó hablándole de dos cielos, uno de humanos y otro de animales, separados por un océano, ella decidió que de mayor sería ingeniera y construiría un puente capaz de salvar ese océano. Fiel a su simpar creatividad bautismal, lo llamaría “el puente de los cielos” y, cuando todos morasen en sus respectivos edenes, lo cruzaría a diario para visitar a sus amigos.

Ignoro el motivo, pero nunca he olvidado ese, mi primer cuento.

  • AL: ¿Cuál fue el primer libro que te impactó y por qué?

SA: No fue uno, fueron dos: La historia interminable, de Michael Ende, y El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien.

Me regalaron La historia interminable en mi décimo cumpleaños y recuerdo cuánto me impresionó la visión del Áuryn en la portada; en realidad, más que impresionarme, me hechizó, tanto que desde el principio intuí que aquella historia devendría ciertamente interminable en mi memoria, porque nunca dejaría de evocarla.

Y no andaba errada, pues así sucedió. Me fascinó la aventura rojiverde de Bastian y Atreyu; me aterró el retrato de una Fantasía amenazada por la Nada merced al deterioro del fabular humano, y quedé del todo traumatizada imaginando a Ártax sucumbiendo en los Pantanos de la Tristeza mientras Atreyu le susurraba al oído «Yo te sostendré, amigo; no permitiré que te hundas». El periplo de Atreyu, solo destinado además a guiar a Bastian hasta la Emperatriz Infantil, de veras me caló, y lo hizo de una manera inmune al transcurrir del tiempo, porque aún hoy continúa emocionándome.

En lo relativo a El señor de los anillos, lo recibí en mi décimotercera Navidad. Lo empecé con cierta reticencia, pues era el libro más voluminoso que hasta el momento había enfrentado; reticencia que, lejos de crecer, comenzó a mermar en cuanto me adentré en la Tierra Media y supe de un Anillo encargado de «atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas de allá donde se extienden las Sombras: en la Tierra de Mordor».

Amén de la pareja citada, protagonistas indiscutibles de mi acervo parvulario, cuatro libros más me conquistaron, amores estos que, sin embargo, afloraron ya en abriles adultos.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Cualquier loa vertida sobre semejante maravilla se me antoja baladí; me limitaré a decir que integra el exiguo grupo de libros en cuya lectura necesito reincidir de cuando en vez. No importa cuántos periplos manchegos he hecho y rehecho a la vera de ese hidalgo caballero «de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Siempre encuentro algún matiz nuevo en la historia o en el modo de narrarla que me deja despalabrada de sincera admiración.

Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Otra novela de quitarse el sombrero y lo que sea menester. Y, para mayor ventura mía, asoma vestida del viejo Madrid. Un libro que lacró título y letra en los afectos literarios de esta enamorada de la osa y su madroño.

La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. Lo leí durante mi luna de miel y jamás olvidaré ni las sombras de aquellos vientos ni las mieles de aquellas lunas.

El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher, un pequeño gran libro que me enseñó el poder sanador de las lágrimas.

  • AL: ¿Quién es tu escritor favorito? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas.

SA: Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós.

Las obras de ambos son auténticos lienzos renglonados; en lugar de leer sus escenas, las visualizas de tan intensa guisa que te sientes viajando allende la realidad, recalando en los feudos de lo imaginario y convirtiéndote en testigo presencial de lo que en esas escenas acontece.

En mi opinión, el arte de la prosa radica en pintar con letras, y tal ingenio atesoraban Cervantes y Galdós. No en vano, el primero dibujó un «ingenioso» caballero, y el segundo empezó su andadura artística gustando más del pincel que de la pluma.

  • AL: ¿Qué personaje de un libro te habría gustado conocer y crear?

SA: Me habría gustado crear y conocer a la pareja que forman don Quijote y Sancho, porque el primero flota en mullidas entelequias de fantasía y el segundo frota entelequias en dura piedra de realidad. Mientras don Quijote sueña viviendo, Sancho vive soñando. Esa dualidad nos muestra la vida cual fértil amalgama de realidad y sueños, pues, sin los sueños de don Quijote, la realidad de Sancho no parecería tan real y, sin la realidad de Sancho, los sueños de don Quijote perderían su magia.

Ante este cóctel de pie en tierra y cabeza en las nubes que es la vida, las personas decidimos vivirla con los labios en cóncavo o en convexo. Y he ahí la diversidad humana, porque, mientras unos ven una mesnada de molinos y los sortean encogiéndose de hombros y limitándose a quebrar camino, otros ven un ejército de gigantes y, en lugar de sortearlos quebrando camino, los embisten quebrando lanzas.

  • AL: ¿Alguna manía a la hora de escribir o leer?

SA: Cuando escribo, necesito aislarme de mi mundo, porque, de lo contrario, no consigo abismarme en el de los personajes. Cuando leo, templo las exigencias. Solo preciso una manta, un sofá y lo esencial: un buen libro.

  • AL: ¿Y tu sitio y momento preferido para hacerlo?

SA: Siempre escribo en lo que yo llamo el «rincón del pánico», una habitación de mi casa a la que quiero y odio a partes iguales. En ella he pasado muchos soles y no menos lunas; he llorado, he reído, me he roto y me he recompuesto; me he dormido, he soñado, me he despertado, me he vuelto a dormir y he vuelto a soñar. Allí metida, mil veces pensé tirar la toalla, pero fueron mil y una las que, en lugar de tirar la toalla, tiré de fuerza de voluntad. ¿Cómo no quererla y a la vez odiarla si entre sus cuatro paredes sentía que solo la fiebre de escribir podía sanarme?

  • AL: ¿Qué nos encontraremos en tu última novela, Libelo de sangre?

SA: Encontraréis una acción trepidante taraceada de amistad, familia, supervivencia, lucha, honor, muchas risas y algunas lágrimas… Os toparéis con la Inquisición, con la Inclusa, con la Ronda del Pan y el Huevo; visitaréis los mentideros de la Villa y os divertiréis con el comadreo de los irónicos madrileños; recorreréis las calles que otrora pisaron Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Tirso de Molina, Calderón, y acompañaréis a esportilleros, aguadores, lavanderas, pregoneros, buhoneros y un sinfín de gremios ya finados merced a la modernización de los tiempos.

En Libelo de sangre os encontraréis con el Madrid de 1621; mejor dicho, no os encontraréis con aquel Madrid, os encontraréis en él y, cuando eso suceda, vuestros cinco sentidos se activarán.

Entonces veréis los colores del viejo Madrid, oleréis sus aires, degustaréis sus sabores, oiréis su perpetuo bullicio, y tocareis sus rincones. Y, en tanto vuestros cinco sentidos se potencian, habrá un sexto que quizá decaiga: el de la orientación, porque experimentaréis tal inmersión en la Villa y Corte que perderéis pie en el presente y viajareis al pasado… a un pasado vibrante y a la vez sombrío en el que, mientras la fe en Dios encendía corazones, los delitos contra ella encendían hogueras.

  • AL: ¿Otros géneros que te gusten además de la novela histórica?

SA: Me gusta mucho la novela negra, pero admito que hoy día la histórica ocupa el palco soberano de mis apegos.

AL: ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?

SA: Siempre soñé con escribir una novela histórica y lo he logrado. Sucede, sin embargo, que nadie me advirtió de cuán adictivos pueden resultar ciertos sueños, porque ahora necesito escribir otra… y en ello ando.

En cuanto a mis lecturas actuales, recién termino El viaje que se convirtió en leyenda, de Mireia Giménez Higón, cuya trama gira en torno al viaje emprendido por una muchacha cuando encuentra un misterioso cuaderno de cuero repleto de viejas leyendas que parecen hablar de ella. Un relato harto cautivador y de tan bonita literatura que no he podido dejarlo hasta llegar al final.

Además, tengo otros dos libros en vigor lector.

Cuentos madrileños de un gato, de Antonio Aguilera Muñoz, una selección de paseos por Madrid donde, en forma de entrañables fábulas, el autor nos descubre los secretos capitalinos, sus rincones y también sus leyendas. Opera prima de un auténtico versado matritense que de seguro deleitará a los amantes de Madrid y a los curiosos de su historia.

Senderos de tinta, de Juan Cruz Lara. Una abadía italiana, un manuscrito, un mercader y una fórmula. Intriga garantizada aderezada con una muy elegante prosa.

Las tres citadas se me antojan obras de alta recomendación.

  • AL: ¿Cómo crees que está el panorama editorial para tantos autores como hay o quieren publicar?

SA: En mi opinión, existen dos panoramas a considerar: el editorial y el comercial.

El panorama editorial lo veo de menor complejidad hoy que ayer gracias a las múltiples opciones de autopublicación; no así el comercial, porque, aunque un sinfín de novelas fabulosas vagan errantes en el mercado intentando abrirse camino, el mercado solo refrenda el avance de unas pocas.

Afortunadamente, las redes sociales contrarrestan este desequilibrio brindando a los autores noveles la ocasión de llegar al gran público. Al menos, tal ha sido mi experiencia. Yo he encontrado un apoyo enorme en los blogueros literarios y también en los lectores que comentan o comparten sus lecturas. Semejante apoyo me ha mostrado que, allende la cuarta pared de un Facebook o un Instagram, hay personas de excepcional talla humana e intelectual prestas a apostar por los noveles y darnos una oportunidad.

Mis agradecidas reverencias, pues, a la encomiable cofradía de lectores y reseñadores. Sus crónicas ennoblecen la cultura, engrosan los pilares de la literatura y, de paso, procuran agua a los peregrinos de este árido desierto blanco de papel y negro de letras, donde a veces se sufre mucha sed.

Gracias, amigos, por mellar las redes hasta abrir brechas que permiten a los novicios de la pluma colarnos en vuestra vida y, a la postre, en vuestra biblioteca.

  • AL: ¿Te está siendo difícil el momento de crisis que estamos viviendo o podrás quedarte con algo positivo para futuras novelas?

SA: No creo que el momento de crisis actual esté resultando fácil para nadie. Es una etapa muy dura que, de un lado, nos ha borrado la sonrisa del ánimo e incluso del rostro, pues mascarilla mediante apenas podemos ya lucirla y, de otro lado, nos ha procurado excesivas lágrimas.

Sin embargo, la grandeza del ser humano se asienta en su capacidad de superación. Numerosas guerras, epidemias, catástrofes y demás apreturas han golpeado al hombre a lo largo de la Historia y ninguna ha logrado ni cincharle la alegría ni quebrarle el aliento. No en vano el arrojo se crece ante la adversidad y, aunque el mundo surque ahora mares en extremo zozobrantes, convencida estoy de que lo hará como otrora lo hicieron nuestros ancestros: en galeones de coraje, abanderando solidaridad y al compás de un remo gallardo y, sobre todo, unido.