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Alergia a las proteínas de la leche de vaca, ¿se puede curar?

9 septiembre, 2021

Alergia a las proteínas de la leche de vaca, ¿se puede curar?

La alergia a las proteínas de la lecha de vaca es un problema que afecta sobre todo a la infancia. Se trata, de hecho, de la alergia alimentaria más común entre los menores de dos años: afecta hasta a un 2,5% de esa población. Es decir, a uno de cada cuarenta niños y niñas.

Así lo aseguran los protocolos de la Asociación Española de Pediatría (AEP), elaborados en colaboración con la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP).

En la mayoría de los casos, la causa radica en una predisposición genética. Las de la lecha de vaca suelen ser –sobre todo en los países desarrollados– las primeras proteínas extrañas que se introducen en la dieta de los lactantes, y es por eso que esta alergia aparece o se detecta a edades tan tempranas, antes que las demás.

Lo positivo es que la mayoría de los niños con esta alergia la superan –es decir, se curan– de forma espontánea. Por lo general, adquieren tolerancia a las proteínas de leche de vaca, y por lo tanto pueden retomar (o iniciar) una dieta normal, cuando alcanzan entre los tres y cinco años de edad.

Esa diferencia de edad tiene que ver con el hecho de que existen dos grandes tipos de alergias a las proteínas de la leche vacuna: aquella en la que interviene un anticuerpo presente en la sangre llamado Inmunoglobulina E (IgE), y aquella otra en la que no interviene. Se conocen como alergia mediada por IgE y alergia no mediada por IgE.

La alergia a las proteínas de la leche de vaca mediada por IgE es la más grave. Las reacciones y síntomas aparecen a los pocos minutos o hasta una hora después de que el niño ingiera leche vacuna. Por su parte, la alergia no mediada por IgE genera reacciones más tardías: pueden aparecer horas o incluso días después.

La mayoría de los niños con este último tipo de alergia –la no mediada por IgE– dejan de tenerla cuando a los tres años de edad, tal como explica un artículo de la comunidad Unidos por la Alergia a la Leche. En cambio, la edad media a la que pueden adoptar una dieta normal los niños con alergia mediada por IgE es de cinco años.

Los síntomas más comunes, y que pueden aparecer de inmediato tras la ingesta de leche de vaca, son: ronchas y urticaria, sibilancias, tos o dificultad para respirar, hinchazón de labios, lengua o garganta, sensación de hormigueo o picor alrededor de la boca y vómitos.

Pasados algunos minutos u horas, pueden producirse otros efectos de la alergia, tales como diarrea, dolor o calambres en el abdomen, ojos llorosos o secreciones nasales líquidas. En los casos extremos puede ocurrir incluso una anafilaxia, una reacción grave y potencialmente mortal.

Si se sospecha de la existencia de esta alergia, hay que consultar al médico para confirmarlo y tomar las medidas oportunas. La primera de ellas es una dieta de eliminación, es decir, exenta de proteínas de leche de vaca. En sus protocolos, la AEP subraya que “esta dieta debe ser estricta”.

El documento de los pediatras aclara, no obstante, que en los casos en que el niño sigue alimentándose a través de la lactancia materna “no es necesario eliminar la proteína de leche de vaca” en la dieta de la madre.

Para sustituir la leche materna o iniciar la lactancia mixta, ante la imposibilidad de que el niño tome leche de vaca (y también de otros animales como cabra y oveja, que cuentan con proteínas similares), los expertos sugieren el uso de fórmulas extensamente hidrolizadas, de soja, de arroz o fórmulas elementales.

Los pediatras enfatizan la importancia de que los familiares y cuidadores del niño comprendan los alcances de la dieta de evitación, dado que las proteínas de leche de vaca pueden encontrarse como “ingrediente oculto” en múltiples alimentos.

Por ello, se debe tener especial cuidado al leer el etiquetado de los productos, y también al preparar los alimentos, para evitar cualquier contaminación involuntaria.

En la mayoría de los casos, como se ha señalado, estas alergias desaparecen de forma espontánea con el paso del tiempo. Y hasta hace poco la dieta de evitación era el único tratamiento recomendado para evitar sus efectos negativos.

Sin embargo, en los últimos años se han desarrollado nuevos tratamientos, que implican un rol más activo en la búsqueda de superar el problema. Sobre todo, para evitar las posibles reacciones alérgicas ante la ingesta accidental de leche de vaca o de alguno de sus derivados.

Y no solo por eso: también resultan importantes y recomendables por el hecho de que, en algunos casos, la alergia a las proteínas de la leche de vaca –sobre todo la mediada por IgE– persiste en la edad adulta.

El más importante de esos tratamientos es la inmunoterapia oral o inducción de tolerancia oral (ITO). Consiste en administrar, de forma controlada, dosis diarias de las proteínas causantes de la alergia: se comienza por una cantidad muy pequeña y se aumenta poco a poco, de manera gradual, hasta llegar a una dosis de mantenimiento, que se debe continuar durante un tiempo prolongado.

De este modo, gracias a la ITO, los expertos estiman que hasta el 80% de los pacientes con esta alergia que no remite de forma espontánea podrían incorporar a su dieta las proteínas de la leche de vaca, al menos en una baja cantidad.

Y los pacientes con los casos más sensibles al menos podrían acceder a una dosis de protección, que reduciría el riesgo de anafilaxia u otras reacciones de gravedad.

Por lo demás, quedaría por definir un consenso acerca de la edad a partir de la cual conviene aplicar estos tratamientos de inmunoterapia. Un estudio realizado por científicos del hospital Miguel Servet, de Zaragoza, demostró que se pueden instrumentar con una elevadísima eficacia (98%) desde el mismo momento del diagnóstico, incluso en bebés menores de un año.

La duda radica en que la introducción de leche de vaca en niños tan pequeños (la media de edad de los bebés en el estudio de los médicos de Zaragoza era de cinco meses) podría atentar contra la lactancia materna.

Tanto la AEP como la Organización Mundial de la Salud recomiendan que la alimentación de los niños sea por lactancia materna exclusiva al menos hasta los seis meses de vida. Y que se extienda “el tiempo que sea posible”, acompañada, tras el semestre inicial, por alimentos sólidos.

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